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Categoría: Crónica

30 Mayo 2009

HISTORIAS SENCILLAS

Plaza central de Suesca

 

Por: María Antonieta Mora

 

Había oído hablar mucho del sitio, incluso, más de una vez, me comprometí con un grupo de amigos en visitarlo, hacer un recorrido, conocer el lugar y por supuesto, dentro del plan estaba el escalar, pues esa región es famosa por sus montañas y rocas de gran tamaño, las cuales resultan atractivas para los seguidores de ese deporte, como lo soy yo. De verdad me llamaba la atención conocer el pueblito, pero ocurría cualquier inconveniente y se terminaba cancelando el viaje. Por ese entonces, Suesca no sería visitado por mí.

Pero, al fin, llegó el momento de conocerlo, de la mano de un trabajo de la universidad.

Después de cuarenta y cinco minutos de viaje y unas cuentas anécdotas en el camino llegué; las personas, el ambiente y los animales deambulando tranquilamente me dieron a entender lo pacífico y todavía saludable de este pueblo.

Bautizado bajo el nombre de Suesca que etimológicamente significa “Roca de las Aves”, es una población de algo más de quince mil habitantes, en el que la mayor fuente de empleo es la floricultura y el turismo.

Caminé por sus calles, algunas extrañamente solitarias, de un extremo al otro, desde la tienda de verduras de la esquina, al salón de belleza, pasando por unas diminutas cabinas telefónicas hasta el local donde venden comida para mascotas en el que, aprovechando, compré comida para mi perrita; abundaban los restaurantes para turistas que, como después me enteré, cumplían doble función: vender comidas rápidas y ofrecer instructores y materiales para escalar.

Mientras almorzaba en uno de los antes mencionados restaurantes, a mi lado izquierdo, se encontraba un grupo joven de mujeres escaladoras, adivino lo de “escaladoras” por su vestuario y conversación, hablaban sorprendidas y emocionadas por lo lejos que lograron llegar en su día en la montaña. Deportistas sin duda, el cuerpo de ambas lucía bastante fuerte y su rostro rozagante de energía, como los niños cuando acaban de terminar un día de divertidos juegos. Ellas continuaban con su charla, mientras yo regresaba a la mía con mis compañeros de viaje y a mi pensamiento; yo no iba detrás de las típicas historias de folleto de viaje, en realidad no me interesaban los sitios turísticos más que para conocerlos, para las rocas ya habría otra ocasión; mi búsqueda real consistía en encontrar alguna historia, lugar o persona poco aclamada y de esta forma narrar algo diferente a lo ya trillado.

Me despedí por el momento de mis compañeros; necesitábamos continuar el recorrido separados. Me dirigí a la plaza central, observé la bella escultura del águila, significando la libertad y lo más característico del pueblo, ya que el águila está sobre una roca.

-¿Tú eres de acá?, le pregunté a una mujer que se encontraba sentada en las escaleras de un puesto de dulces, al frente de la plaza.

-No, vivo por acá hace un par de años, pero soy de Bogotá, respondió ella.

-Ah, ya veo, qué tal Suesca, ¿le agrada vivir aquí?

-Sí, mucho. No me adaptaría de nuevo a Bogotá, es muy grande y las distancias no me gustan además que la gente está de mal genio todo el tiempo, me da miedo esa ciudad, no cambiaría Suesca por la Capital.

Me preguntaba, fuera de la paz, qué tendrá este rincón de Cundinamarca para que todo el mundo opine lo mismo.

-¿Y usted no es de por acá verdad?, me dijo.

-Vivo en Bogotá, pero tampoco soy de allá, nací en Pasto y me crié en la costa. Hace casi nueve años vivo en Bogotá, al principio fue duro el cambio, pero al final uno se termina adaptando, como en todo, ¿no cree?

La mujer insistía en que se sentía mejor viviendo allí, le pregunté por los niños que estaban a su lado, ella me respondió diciendo que dos de ellos eran hijos y que los otros dos eran sobrinos. Niños alegres por naturaleza, en sus ojos se les veía, no fingían.

Invité a los pequeños a unos dulces, ella me agradeció y partieron lentamente, hacia la parte superior del pueblo, donde vivían, cerca a las rocas.

Yo también seguí mi camino, algo preocupada por la hora, y por el hecho de no hallar nada concreto para narrar fuera de esa rara sensación de paraíso congelado del que nadie quiere salir, que me dejaba el pueblo y la opinión de sus gentes.

Sin saber cómo, mis pasos me llevaron a la iglesia principal, estaba casi vacía, un viernes festivo no suele haber mucha gente, me explicaría después el padre. Al ingresar en ella, no podría describir la sensación de paz que me generó; estaba adornada con escasos cuadros religiosos y una fuente color café algo tétrica pero elegante. En primera fila, con expresión amable pero algo sombría, se hallaba el padre Moisés Mahecha Guerrero, hombre de mediana edad, rostro pálido pero saludable, anteojos pequeños y cabello blanco, párroco de Nuestra Señora del Rosario, el que, sin aún saberlo, me daría la entrevista que es el centro de mi relato. Me senté a su lado, me quedé en silencio durante unos minutos, respetando su oración. Una vez terminó, se levantó de la silla y rápidamente lo tomé del brazo. Le dije: “padre, me permite unos minutos, me gustaría hablar con usted”. El asintió con la cabeza y se volvió a la silla.

-Cuéntame, en qué te puedo ayudar, susurró.

Me presenté y le comenté que era mi primera vez en Suesca, le hablé de mi sentimiento en ese lugar y de mis impresiones sobre sus habitantes; fue poco a poco tomando confianza y respondiendo a las preguntas que le planteaba de vez en cuando y evadiendo otras tantas.

-¿Cómo ve usted la región Padre?

Es muy tranquila por lo que me he dado cuenta, comenté.

-Pues sí, normalmente es de esta manera. Aunque pasan cosas como en todo lado.

-¿Es un pueblo religioso, o poco visitan la iglesia?

(No sabía con precisión qué preguntar ni por dónde orientar la charla)

-Lo es, anteriormente no lo era tanto. Hoy en día hemos unido más a las personas y hemos ido con el pasar del tiempo, sembrando en los jóvenes sobre todo, ese espíritu de amor que Jesús nos inculcó y que actualmente no vemos sino en contados seres humanos. Agregó con un tono despreocupado: “mis sermones suelen ser breves, de lo contrario aburro a los fieles, me aburro yo mismo y no logro nada”.

Continuamos nuestro diálogo, yo con un poco de inseguridad y el todavía con algo de reticencia. Me dejaba ver su fervorosa esperanza en los niños y adolescentes; “de la educación que les demos hoy depende el futuro del país” me repitió varias veces. “Uno de los pocos problemas que surgen por estos lados es la falta de unión familiar, en los hogares los niños están la mayoría del tiempo solos y eso no es bueno en ningún lugar”, decía mientras su rostro mostraba preocupación.

-Sucede que los padres salen desde muy temprano a trabajar; las madres al cultivo de flores, que es en lo que se desempeñan casi todas las mujeres de por acá y los padres en diferentes asuntos, quedándoles un corto espacio para estar con sus hijos.

Hizo una breve pausa, mientras yo, que no dejo mi manía de analizar cada gesto, aspecto y actitud de las personas, me preguntaba qué historias guardará este aparentemente sencillo personaje, qué avatares de la vida lo llevaron hasta allí.

-La situación se complica cuando avanza la civilización, decía mientras continuaba su charla, emocionado pero al tiempo cabizbajo ante lo que me narraría a continuación.

Tenía 18 años, cursaba último año de bachillerato, una vida normal aunque algo aburrida, de acuerdo a lo dicho por el padre, circunstancia que no es de extrañar en un pueblo pequeño. Aún así tenía planes con respecto a su vida futura, vivía con su hermana gemela y sus padres, una pequeña familia suescana, la joven era de ánimo apagado pero siempre cortés y gentil. Un día su hermana fue a su habitación, deseaba darle los buenos días, cuando abrió la puerta, la encontró tendida en el suelo, sin aire, sin vida.

-Había decidido dejar este mundo, posiblemente la soledad le afectó hasta tal punto, que prefirió escapar de su pueblo y de su existencia por medio de un frasco de veneno que halló en la casa de su padre.

En ese momento, después de un prolongado silencio, decidió cambiar de tema, como evitando perder la compostura y ese aire de gentil desencanto que lo caracterizaba, cosa que a lo largo de nuestra plática sucedió varias veces, cada que un tema o pregunta mía amenaza con sacar la situación de su control.

-Cuando estaba DMG por estos lados a nadie le faltaba nada, la gente ilusionada con los nuevos locales para estrenar; eso equivalía a nuevas personas visitando la zona, más turistas, más ventas y más diversión para ellos. Hasta habilitaron espaciosos para practicar motocross cuando nos llegó la noticia de que el Gobierno mandaba a cerrar la empresa y llevaría preso a David Murcia, a la mayoría le disgustó la idea, pero qué se le iba a hacer, plata que llegue a manos del Estado es plata perdida, (me dijo riéndose y con una mirada tensa, como quien espera la aprobación o desaprobación de su comentario).

Yo simplemente lo escuchaba con atención y me reía cuando nuestros pensamientos coincidían.

De vez en cuando trataba de adentrarme en su ser, de virar la charla hacia temas más personales para saciar mi curiosidad frente a su persona, que a este punto iba más allá de lo estrictamente profesional y del motivo original de mi visita; pero su habilidad para eludirme hizo que en mí primara más la vergüenza que la intriga. Era una posición un poco incomoda.

-¿Ha sabido de accidentes en las rocas Padre?, vienen seguido a escalar y pues...

-Le cuento que hay casos que nunca salen a la luz pública; muchachos que vienen a escalar, se drogan y sufren una sobredosis. Su familia los recoge, se los llevan y nadie vio nada. Los jóvenes se dejan llevar por los demás, hoy son pocos los que tienen formado un criterio propio.

-Comparto su opinión Padre, además hay que tener en cuenta que en este aspecto, como en otros en la vida, cada quien decide por qué rama trepar... Es como el caso suyo, unos deciden servir a Dios, otros subir montañas y otros saltar a los abismos...

-A propósito, ¿que lo llevó a este camino?

-Sí, como le comentaba la situación se complica cuando avanza la civilización.

Burlada de nuevo, bajé rápidamente la cabeza para consultar el reloj; la tarde había pasado volando, no la sentí, eran casi las seis.

Él todavía no se percataba del paso del tiempo, continuaba su charla. Ahora, comenzaba a hablar de su ejemplar secretaria a quien le dio trabajo hace pocos meses.

-Ella es madre de una hermosa bebé, once meses se cumplieron desde su nacimiento, intercala su papel de secretaria con el oficio de ser mamá, sin dejar atrás el sueño de terminar su profesión.

Nos interrumpió una anciana, pidiendo la confesión inmediata porque ya llevaba un considerable rato esperando. El padre, disculpándose se levantó y fue a escuchar sus confidencias. Aprovechando esta pausa, recorrí la iglesia, tomando unas cuantas fotos, incluyendo el espacio dejado por los ladrones de la Virgen de Chiquinquirá.

Al regreso del padre, antes de que empezara a hablar, le pregunté de nuevo, acerca de su vocación y con una sonrisa lejana me respondió:

-Empezó cuando vivía en Manta, donde nací. En quinto de primaria sentí el llamado de Dios para seguir por ese rumbo. Cuando tú estás destinado para algo, las cosas sencillamente se dan, Dios te va abriendo el camino. Encuentro en esto una forma de ayudar a las personas que lo necesitan. No es fácil mantenerse económica y espiritualmente, como tampoco lo es el matrimonio, en ambos casos pienso que se necesita de la mano de Dios y de equilibrio, tolerancia, amor y nunca perder el espíritu de inocencia y transparencia. A los niños les digo con frecuencia que no dejen de serlo, porque si dejamos de serlo perderíamos nuestra esencia, mente joven, cuerpo joven, espíritu joven.

Pese a sus palabras, esa sonrisa lejana, ese aire de benévolo desencanto no desaparecía de su rostro, como cuando, a fuerza de penosa insistencia, lograba que se refiriera a algunas de sus obras. Tal vez en ese chocar contra la condición humana se lo diera, tal vez fuera la frustración de no poder dar todo lo que él quisiera, quién puede saberlo...

Seguimos hablando de muchas y dispares cosas, desde la “Ventanilla Siniestra” hasta a dónde van a parar los dólares incautados por el Gobierno, pasando por la crisis que causó el cierre de DMG y el exceso de importancia que tiene el dinero en nuestros días. Después de abordar tantos temas como intentos hice por adentrarme en su vida, logré que me contara una de sus, me imagino, muchas decepciones que aquí reproduzco, un poco al margen, como testimonio de un personaje al que mis líneas no hacen justicia:

Con la participación de médicos, abogados, clérigos y profesores, construyeron en 1980, un hospital ubicado en Machetá, Cundinamarca, al servicio de los campesinos de la comunidad. Aún recuerda, visiblemente afectado, al padre Juan de Dios del Castillo; “...hombre pulcro y de corazón puro, que lastimosamente ya murió, luchó por humanizar la medicina, predicando el buen trato a los pacientes, con la mentalidad de que la medicina está al servicio del Hombre y no al revés”, contaba tratando de ocultar su dolor. “Muchos campesinos se beneficiaron, les salía prácticamente gratis. Se hicieron varias brigadas de salud, dimos lo mejor de nosotros”. Esta ilusión duró hasta los noventa. Fecha en la que el padre Mahecha tuvo que retirarse del hospital. Ahora pasó a ser un ancianato, quedando en malas manos tras la muerte de sus demás compañeros.

Al preguntarle sobre la fortaleza de su convicción y sus esperanzas en la Vida frente a frustraciones como ésta me respondió:

-El corazón es insaciable, lo espiritual le da sentido a lo material. La actitud de Dios es como la de un buen padre, te enseña lo positivo y negativo del mundo, pero tú escoges.

-¿Qué me dice de los agnósticos?, le interrogué.

-Le diré que en algo deben creer; de eso estoy seguro, así no le llamen Dios. Hay muchas más razones por las cuales creer en ese “algo”.

Después de un corto silencio, anunció:

-Perdona hija, en unos minutos tendré que cerrar la capilla.

-Sí padre, no se preocupe, permítame agradecerle por compartir sus historias conmigo.

Eran casi las ocho y media de la noche, hora en la que, por costumbre, los habitantes de Suesca suelen acostarse a dormir, y hora también en la que debía reencontrarme con mis compañeros de viaje.

Había oscurecido totalmente, el panorama se veía diferente. Menos gente en las calles, la luz de los faroles alumbraba el parque central y los perros que había visto en la tarde ahora reposaban sobre la acera. Pocas veces he sentido tal sensación de tranquilidad, hacía frío, sí, pero el viento era especial, llegaba a mí como una carga de energía. El aire en Suesca sí entra libre hacia los pulmones.

Puedo decir que conocí Suesca, que me caminé sus rincones, que intercambie historias con sus habitantes y que regreso satisfecha porque así no haya sobrado tiempo para escalar, me llevo algo más valioso, haber desentrañado en algo las historias “simples” de seres que, como el padre Moisés Mahecha Guerrero, poco tienen de esto último.

Volveré sin duda alguna.

 

Iglesia de Nuestra Señora del Rosario

 

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Soy María Antonieta Mora Bravo, estudiante de segundo semestre de Comunicación Social y Periodismo. Siendo conscientes de los acontecimientos que ocurren día tras día y que nos afecta a todos directa o indirectamente somos capaces de transformarlos; la ignorancia es el peor estado en el que puede permanecer el hombre, y por ello quiero en este lugar intentar crear conciencia para así aportar en el conocimiento de múltiples realidades, que a menudo son ignoradas, con la mayor objetividad y criterio que me es posible. Los invito a visitar el blog de " La Lupa: opinión al detalle. Nuevo proyecto que inicia como un semanario comprometido con el periodismo independiente, que necesita la sociedad. Aquí encontrará artículos de todo tipo de ideologías y tendencias, sin ningún tipo de influencia que se le transmita." http://lalupaopinion.blogspot.com/

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