La tristeza de los chontaduros

Por: María Antonieta Mora
A pesar de que no es nada nuevo y que a algunos puede no sorprenderle o simplemente ignorar la situación; yo continuo doliéndome e indignándome con los atropellos que uno tiene que presenciar en este país, desafortunadamente cada vez más seguido. Y digo tiene porque cuando vas caminando en la calle y te atropella un montón de gente, varios gritos de protesta llegan a tus oídos, te preguntas qué ocurre y necesariamente haces esa pausa, y te conviertes en un testigo más del abuso de los poderosos.
Lo positivo del asunto es que cada vez son menos los que se quedan callados y cada vez somos más los que no podemos ni debemos guardar silencio con este tipo de cosas. Es incomprensible que las cifras de desempleo y de subempleo crezcan de una manera tan descontrolada siendo conscientes de todo el potencial que tenemos en Colombia, si no se hiciera mal uso de nuestros recursos todos tendrían un trabajo y absolutamente nadie moriría por desnutrición diariamente. Pero claro, esto último es considerado una utopía. Lo que les contaré a continuación tiene que ver con todo esto, junto y de la mano con las escasas oportunidades que los plutócratas nos han dejado.
Un grupo de personas estaba reunida en una esquina de la séptima con avenida diecinueve, mientras caminaba por esa calle, me estrellé con el acontecimiento. Como no hay trabajo, la gente se ve en la obligación de rebuscársela por su cuenta, instalando negocios en sitios públicos como las aceras y algunos parques de la ciudad. Fue así cuando me encontré en uno de esos negocios improvisados. Eran tres vendedores: un hombre mediano de color, una señora de edad avanzada y un señor de pelo blanco. Se encontraba la policía haciendo un desalojo de la vía pública y para colmo también decomisando los únicos objetos de trabajo de estos humildes ciudadanos. Lo hacían de una forma grosera y amenazante, sin importar siquiera las razones que presentaban los demás testigos que se fueron uniendo a la protesta contra el atropello. Triste y enfurecido estaba el propietario de esa pequeña venta de chontaduros, y como no, si al gobierno le importa más la estética de las calles que la supervivencia de sus mas desprotegidos habitantes. Finalmente partió el carro de la policía, con un funcionario de la alcaldía, por cierto, haciendo malas señas a los que quedamos, mientras algunas personas los "despedían" a voces de asesinos y violadores, tal vez haciendo referencia a los recientes vejamenes contra las niñas desplazadas del Parque Tercer Milenio.
A lo que quiero ir con esto, aparte de intentar mostrar una realidad que muchos, aunque no lo crean, desconocen, es resaltar la falta de opciones que de una u otra forma obligan a personas honradas como las víctimas de ayer, a robar y hasta asesinar por comida, por querer sobrevivir e intentar algo mejor para sus vidas y las de su familia. ¡Pero esto no les es permitido! ¡No dejan trabajar y se quejan de inseguridad! ¿Qué democracia es esta? ¿Qué seguridad es esta? Qué protección y que futuro nos espera con estos "padres protectores" que se la pasan diciendo "hijitos, les prometo una Colombia libre de terroristas, les prometo que yo los defenderé, por los siglos de los siglos..." Me pregunto, ¿tenemos que estar agradecidos?
Es triste que para adquirir algo de respeto o para ser escuchado se tenga que manchar las manos de sangre, es peor aún que los que se arman, masacran gente y violan los derechos de todas las formas posibles sean después premiados o con recompensas o toda clase de subsidios para que mas adelante sigan en las misas pero con corbatas, sentaditos calentando una silla y desde ahí trabajando y trabajando para lograr una "política de seguridad democrática".




Abaddon dijo
Es triste saber que lo que a todo ser humano debería
indignar se convierta en cotidiano. La sinrazón, la ignominia
de las puertas cerradas; el castigo a la inocencia y el premio
a la barbarie; los altos cargos llenos de altos asesinos y las carceles
llenas de ladrones de comida... en fin, la radiografía del aborto
de una nación.
Pobre nuestra Colombia ahogada en la miseria de su propia riqueza.
Sólo nos queda la nostalgia del café (o la tristeza chontaduro).
15 Agosto 2009 | 07:48 PM